lunes, 22 de septiembre de 2008

Spot Pijama's Party de Chocolates Valor. Placer adulto

Las cinco osadas adolescentes que se han atrevido a experimentar lo que es el placer adulto, son las protagonistas de la obra que lleva por nombre Pijama’s Party (2005), cuyo autor es anónimo. En la obra, como su nombre indica, se escenifica una fiesta de pijamas. En la escena aparecen cinco chicas vestidas con camisetas de tirantes y pantaloncitos cortos de colores y calcetines hasta la rodilla, también de colores. Están todas ellas sobre una cama de matrimonio con una colcha blanca y con cojines del mismo color. El marco que envuelve la acción, es una habitación de entorno íntimo compuesto por una cama en el centro y una mesilla a la izquierda de la imagen, sobre la que descansa una lamparita. Sobre la cabecera de la cama, recortes de chicos enseñando el torso y papeles en los que hay impresas imágenes de rosas decoran la pared. A la derecha, una lámpara proyecta diferentes figuras en la habitación. Los diferentes focos de luz crean un espacio íntimo, y casi sugerente, en el que surge la acción. La luz principal está apagada, como si un gran secreto anhelase ser desvelado en la habitación. Son estas luces las que modelan las figuras de las chicas que se encuentran encima de la cama, en círculo, en reunión, cuatro de ellas esperando que la quinta saque del gran bolso que tiene entre sus manos un gran tesoro. Las chicas forman una pirámide con sus figuras, centrando la atención del espectador en el centro de la imagen, que es donde sucede la acción principal. La luz contribuye también a que las miradas se dirijan a las inocentes chicas.

La acción transcurre de la siguiente forma: una de ellas saca de su bolso algo que ha robado a su madre y todas la observan atentamente. Es un trozo de chocolate Valor. Ella lo prueba y todas gritan. Una a una van probando ese delicioso “fruto prohibido” que su amiga ha conseguido para todas ellas. Es inevitable, ya ha surgido la transformación. Ahora, esas ropas que llevan se nos tornan provocadoras, esos colores esconden tras de sí la irónica sonrisa de la lujuria, del deseo, sus gestos se han convertido ahora en símbolos de placer, han abandonado la espontaneidad para entregarse al juego de la seducción. Ejemplo de ello es el final de la escena, en el que una de ellas se agarra a la colcha con fuerza, como si su cuerpo desease elevarse a otro estado. La música que ambienta la escena, contribuye a que todo ese juego resulte más creíble.

Estas características señaladas son compartidas por las pinturas de estilo rococó del siglo XVIII. La escena recuerda a aquellas que retrataba Jean-Honoré Fragonard. No en las que pintaba paisajes, ni retratos, ni temas mitológicos, sino aquellas sugerentes pero no rotundas en las que retrataba secretos de alcoba. Esas pinturas no son tan diferentes de la escena descrita anteriormente. De modo más preciso, hay un cuadro de Fragonard que, si bien no igual, guarda cierta similitud con Pijama’s Party: Muchacha y perro (1768). En este último cuadro tiene lugar una escena que acontece en la intimidad de una alcoba. Se supone que es una alcoba, puesto que el pintor ha prescindido de dibujar los detalles con la única intención de concentrar la atención del espectador en el centro del cuadro, que es donde transcurre la acción. Ha retratado a una jovencita tumbada sobre una cama de suaves sábanas, con una cinta decorando el cabello recogido, vestida con un ligero camisón. Encima de sus piernas, que aparecen ligeramente dobladas hacia arriba, sujeta con sus manos a un perro, con un gran lazo al cuello, con el que esta jugando. Al lado de la cama, Fragonard ha pintado una mesita de noche, de la que sólo se puede ver un trozo, puesto que la escena se manifiesta como si cortada estuviera, como si en un intento de acercar la escena al espectador hubiese prescindido de aquello que pudiese distraerlo inútilmente. Aparte de esta mesita y la cama, no se ve más que unas ricas telas que están dispuestas alrededor de la cama, haciendo que el espacio se le otorgue más íntimo al que observa.
Son estas telas las que envuelven y parecen querer esconder la escena que tiene lugar en la cama. A la niña, al levantar sus piernas, se le ha levantando también el camisón, dejando al descubierto parte de su cuerpo. El perrito sobre sus piernas, parece ajeno al atisbo de lujuria que puede despertar la escena. Fragonard ha hecho uso de este entorno sugerido que envuelve a la niña y el perro para subrayar lo íntimo y secreto de la escena, asimismo, la niña forma una gran diagonal en la escena, siendo esta diagonal punto máximo de atención del observador curioso.

La inevitable pregunta ante estas dos imágenes tan parecidas es la siguiente: ¿Qué tienen en común estas niñas que retrataba Fragonard en el siglo XVIII y las niñas del siglo XXI que aparecen en el anuncio? Cuando el espectador ve el anuncio se convierte en participe de una intimidad que no le pertenece. El observador siente que ha violado un secreto que nunca debió salir del lugar de origen. El que mira se encuentra inmerso en un círculo que se mueve entre lo inocente y lo pícaro. Es en ese preciso momento cuando emergen los pequeños cuadros de Jean-Honoré Fragonard. Ante aquellos cuadros el espectador se siente parte indispensable de un juego que roza límites extremos pero que nunca los traspasa. Sin ser enteramente conscientes de ello, aquellos que observan se han convertido en indiscretos mirones, como Los pequeños mirones que retrató Fragonard, que se asoman de entre las telas con el anhelo inocente y perverso a la vez de descubrir aquello que tiene lugar en la intimidad.
El que mira se convierte en observador curioso, observador que, desde la comodidad de su propia intimidad, es participe de aquello que desearía guardar con recelo. Esa intimidad de la que es parte integrante el espectador, tanto en una escena como en la otra, es una intimidad de matices similares. Es decir, en ambos casos son escenas que suceden en una habitación de luz medida, luz que modela las formas, formas que en ambos casos pertenecen a niñas adolescentes.

Ese toque de lujuria inocente o ese erotismo difuminado, viene dado por la actitud de las muchachas representadas, actitudes similares en ambos casos, si bien con matices que las diferencian. Siendo así, en el caso del cuadro Muchacha y perro, es sobre todo la actitud o postura de la muchacha lo que sugiere ese punto de lujuria, atenuado todo ello por el entorno que envuelve la escena y el perro, que sin querer serlo es protagonista de un juego que se establece entre ambos. Por el contrario, en la escena de Pijama’s Party, la postura de las niñas es menos provocadora, pero en cambio, su actitud y vestimentas, si bien desenfadadas, no dejan de tener un punto de descaro y picardía. Tal vez, la sensualidad del cuadro de Fragonard sea más serena, más rotunda, así como más inocente.


En ambas obras, hay un segundo elemento sin el que el efecto logrado sería radicalmente distinto. Estos dos elementos son el chocolate en Pijama’s Party y el perro en Muchacha y perro. Estos elementos son de naturaleza totalmente diferente. Conocida es la connotación sexual que tiene el chocolate, al que se le atribuyen meritos como el de despertar pasiones. Si juntamos este elemento de características tales y unas muchachas inocentes pero con cierto cariz de picardía a la vez, se consigue ese erotismo sugerido pero no afirmado. El perro en cambio, no tiene connotación sexual alguna, por lo que en este caso, la sensualidad viene marcada sobre todo por la postura de la muchacha. Pero también es cierto que al añadir al perro en el cuadro, al añadir un protagonista que no es consciente de que lo es, Fragonard ha logrado acentuar ese erotismo.


Este erotismo que sugieren ambas escenas requiere indispensablemente la implicación del espectador en el juego. La inocencia disfrazada que cree ver en las muchachas existe sobre todo en su mente. Sin esta implicación por parte del que observa, la imagen sería solamente una imagen. Al entrar en el juego, ha puesto en funcionamiento esos mecanismos ocultos por los que la acción tiene lugar sobre todo en la mente del espectador. Es por ello que en estas escenas se da un diálogo silencioso pero revelador, distante pero a su vez cercano, sensual pero inocente, un juego entre lo moral y lo inmoral, un diálogo que sugiere pero no afirma, un diálogo que si bien íntimo y real, también tiene cierto matiz de teatralidad.


Ainize González