jueves, 9 de octubre de 2008

El western según Sam Peckinpah: reinterpretando el viejo género


Sam Peckinpah (1925-1984)

Tras décadas de proliferación y de excelentes films, a principios de los 60 el western estaba en franca decadencia. Algunos grandes maestros como John Ford, Anthony Mann, Henry Hathaway y Raoul Walsh todavía daban muestra de su categoría, pero sus films mostraban ya una asumida crepuscularidad. Ciertamente, algunos realizadores intentaron tomar el relevo, pero sus películas, en la mayoría de los casos, no aportaron nada nuevo, sino que simplemente buscaron el retoricismo y la estereotipación, desligándose de los nuevos tiempos. En Europa, en España e Italia, tímidas producciones buscaron hacerse con esa iconografía que había marcado el devenir de buena parte del mejor cine del Hollywood clásico. Esos tímidos revivals fueron el germen de una interesantísima revitalización del género, esencialmente conducida por dos nombres hoy en día ya ilustres: Sergio Leone y Sam Peckinpah. El primero fue la cabeza más visible, el precursor (que no el pionero: esa etiqueta se la damos a Joaquín L. Romero Marchent) del fenómeno del spaghetti-western (mejor, eurowestern), desde que en 1964 filmase Por un puñado de dólares. Fue su estela la que siguieron, hasta bien entrada la década de los setenta, cineastas como Sergio Corbucci, Duccio Tessari, Sergio Sollima, Alfonso Balcázar y compañía. ¿Qué aportó el eurowestern al género? Relativamente poco, pero de interés. De hecho, fue más allá del esquematismo ético y de los estereotipos del western americano, aportando una cierta trasgresión en cuanto a las conductas de los personajes, y, sobre todo, más altas dosis de violencia; amén de un singular esteticismo. Lo de Sam Peckinpah fue más profundo. En esencia porque sus westerns formaron parte de la nueva transformación que estaba sufriendo el cine norteamericano. El cine buscaba nuevas alternativas, intentaba dejar de ser el espectáculo en que se convirtió en los cincuenta, para imbuirse nuevamente en lo social, en lo realista y en lo crítico. Surge así una nueva generación de cineastas (Robert Mulligan, Arthur Penn, Monte Hellman, Sidney Lumet, Don Siegel...) representativos de esta nueva tendencia. Peckinpah la representó a su manera y su manera de inicio fue el western.

Duelo en la Alta Sierra (Ride the High Country, 1962)

Se inició en el género en el mejor campo de pruebas del momento: la televisión; dirigiendo episodios en seriales como Gunsmoke (1955), The Rifleman (1958) o The Westener (1960). Y pronto dio el salto al gran formato y, evidentemente, fue con un western: Compañeros mortales (1961), que de hecho no aportó nada nuevo a lo que ya había estado haciendo en televisión. Sin embargo, su segundo largometraje, Duelo en la Alta Sierra (1962), sí que descubrió a un buen cineasta. Fue su primer gran western, pero paradójicamente no fue su primer western, digamos que, innovador. Su trama, sus personajes, sus actores principales (unos veteranos Joel McCrea y Randolph Scott), inclusive sus imágenes, lo entroncan más con el western clásico que con los futuros westerns que rodaría. Cabe considerarlo, a pesar de algunos elementos de cambio (violencia, decrepitud), como uno más de esos westerns crepusculares (nostálgicos al fin y al cabo) que cerraron una época y una manera de hacer cine. Su historia viene marcada por el viaje: el encargo de transportar un valioso cargamento de oro desde un poblado minero hasta el banco de una gran ciudad, supone que Steve Judd (Joel McCrea) contrate como pistoleros a su viejo amigo Gil Westrum (Randolph Scott) y al joven Heck Longtree (Ron Starr). Recogida la carga, se unirá a la comitiva una joven mujer, Elsa (Mariette Hartley), que huye de un violento marido (James Drury) que ha intentado violarla. Se inicia de esta manera una persecución que traerá momentos de alta tensión, con enfrentamientos, tiroteos, muertes, venganzas y traiciones insospechadas. Una catarsis tan violenta como poética. Un clásico que, como tal, gana enteros con el paso del tiempo.

La complicada personalidad de Peckinpah no le grangeó demasiadas amistades entre productores y empresarios de cine. Sólo eso explica que firmase –no sin múltiples problemas- su siguiente largometraje tres años más tarde, en 1965. Ese film fue Mayor Dundee. De nuevo un western, y de nuevo dos temas recurrentes de su director: la violencia y la traición. La historia de dos oficiales, uno nordista (Charlton Heston) y otro confederado (Richard Harris), unidos a la búsqueda de un líder apache en rebeldía. Notable film, excelentemente filmado (a pesar de los contratiempos) en sus secuencias de acción, y plagado de secundarios habituales de lujo: Warren Oates, L. Q. Jones, Ben Johnson, James Coburn, etc.

Mayor Dundee (Major Dundee, 1965)

Un nuevo paso, de hecho, hacia lo que seguidamente vendría: el gran western de Peckinpah, Grupo salvaje (1969). El más significativo de ellos. Una historia en la que destacan dos elementos por encima de todo: la violencia, extrema en algunas de las secuencias, y un sensacional tratamiento de los personajes: de forma impensable en el western clásico, unos forajidos despiadados logran convertirse en héroes y, aún más, en mártires. Se tergiversa el sentido moral habitual en Hollywood. Sí, efectivamente, como proscritos, los protagonistas –tan caducos y desarraigados que cuesta que no nos identifiquemos con ellos- acaban sucumbiendo, pero lo chocante y digno es que son ellos mismos quienes eligen su destino final. Porque de hecho, su forma de pensar y de actuar, que ya no concuerda con los nuevos tiempos, sólo invita al desarraigo o, en caso extremo –y noble-, a la autoeliminación. La película invita a la reflexión al tiempo que se goza visualmente: destacables secuencias de acción, planos y encuadres altamente descriptivos, y una constante utilización de la cámara lenta. Estamos en Texas en 1914, tras robar un banco y librarse, no sin dificultades, de una emboscada llevada a cabo por unos pistoleros a sueldo, un grupo de proscritos huye a México donde acaban siendo contratados por un caudillo, el general Mapache, para que se apoderen de un tren de municiones destinado al ejército norteamericano. Al tiempo que unos cazarecompensas, liderados por un antiguo miembro de la banda, continúan buscándolos, consiguen hacerse con el arsenal del tren. Todo se tuerce cuando Mapache descubre que uno de los miembros de la banda ha entregado armas a un grupo de revolucionarios mexicanos. Como castigo lo encarcela para, posteriormente y ante las súplicas del resto de la banda, degollarlo. Hecho que origina un brutal y suicida enfrentamiento.

Grupo salvaje (The Wild Bunch, 1969)

Un año después de Grupo salvaje, Peckinpah filmaría La balada de Cable Hogue (1970), por la que asoman dos temas significativos: la nostalgia y la venganza. Nuevamente nos encontramos en un Oeste cambiante y finito en el que no tiene cabida el individuo con actitudes y principios pretéritos. Estamos en 1908, en un lugar, en los límites del desierto, donde el maduro Cable Hogue (Jason Robards), antaño pistolero, regenta un lucrativo negocio de venta de agua. Un pozo que descubrió cuando dos compañeros lo abandonaron a su suerte en tan árido paraje. Cable Hogue espera, espera hasta que un buen día esos dos individuos se detienen junto a su negocio. Sin extremos violentos y sí con ironía y elementos cómicos y sensuales, la película se permite también el retrato de tres personajes solitarios, el propio Cable Hogue, la prostituta Hildy (Stella Stevens) y el falso reverendo Joshua Douglas Sloan (David Warner); tres personajes prototípicos de la época de los pioneros, de un período que llega a su fin.

La balada de Cable Hogue (The Ballad of Cable Hogue, 1970)

Tras Perros de paja (1971), Junior Bonner (1972) y La huida (1972), Peckinpah filmaría su último western en 1973, Pat Garrett & Billy the Kid, en el que reitera en dos de sus constantes temáticas: el crepúsculo del salvaje Oeste y el tema de la traición o, digamos, el enfrentamiento entre dos personajes antes compañeros ahora enemigos. Ese es el caso de Pat Garrett (James Coburn), sheriff del Lincoln County, y Billy the Kid (Kris Kristofferson), el conocido forajido, antiguo socio y amigo del ahora sheriff. Las vicisitudes de ambos están narradas en flashback y en montaje alternante, y así asistimos a las fechorías del forajido y a la búsqueda de éste por parte de Pat Garrett. Hasta que ambos convergen en Fort Summer y se enfrentan entre sí. Lo más destacable, el buen dibujo de personalidades de los dos protagonistas: el ex forajido que, consciente, ha sabido adaptarse a los nuevos tiempos reconvirtiéndose, dada su destreza como pistolero, a servidor de la ley; y el todavía forajido que no ha sabido o no a querido reciclarse y continúa actuando y viviendo al margen de ésta. Planos largos y ralentizaciones caracterizan, por otro lado, a este postrer western de Peckinpah, el más cercano –de hecho retoma una historia mítica, llevada de antemano a la pantalla- a la épica y a la mitología del western clásico.

Pat Garret & Billy the Kid (1973)

En líneas generales, el de Peckinpah es un western adaptado a los nuevos tiempos que se desliga de los moldes clásicos, del mito, del héroe tradicional, incorporando altas dosis de escepticismo, de carga crítica y de alegoría. Los personajes de Peckinpah suelen ser caducos y/o derrotados, personajes desligados de una sociedad cambiante que indirecta o directamente los rechaza; y ellos, desarraigados, desclasados, desesperados, sin nada que perder, buscan autoconfirmarse y autoliberarse; y cómo, pues a través de la traición, la venganza, la violencia y la muerte. El western de Peckinpah es en realidad el antiwestern (aunque se deslicen elementos enraizados con la tradición) y sus héroes no son otra cosa que antihéroes.


Nacho García Morcillo

Texto publicado en DVD Actualidad nº 75, abril 2006.